|
La confianza que se puede tener en el pensar,
del ser pensante, del meditar
El
pensar humano es, para la conciencia diurna despierta, como una
isla en medio de los torrentes de impresiones, sensaciones, sentimientos,
etc. en que transcurre la vida del alma. Se logró, en cierto
grado, arribar a un término con respecto a una impresión
o a una sensación, desde el momento en que se la comprendió;
es decir, cuando se aprehendió el pensamiento que ilumina
la impresión, la sensación. Aún en la misma
tempestad de las pasiones y de los afectos puede haber una cierta
tranquilidad, si la nave del alma logró acercarse con esfuerzo
propio hasta la isla del pensar.
El
alma tiene una natural confianza en el pensar. Ella siente que,
de no tener esta confianza, necesariamente, debería perder
toda seguridad en la vida. Es que la vida sana del alma acaba ahí
donde comienza la duda en el pensar. Aún cuando no se lograse
esclarecer algo, mediante el pensar, bien puede obtenerse la confianza
de que tal esclarecimiento se produciría, con sólo
lograr una fuerza y agudeza del pensar suficientes para ello. Con
respecto a la propia incapacidad de esclarecer algo mediante el
pensar, uno podría tranquilizarse; pero lo que no se soporta
es el pensamiento de que el propio pensar fuese incapaz de dar satisfacción
alguna, desde el momento en que para hallar la plena luz, tan requerida
para una determinada situación de la vida, fuese necesario
penetrar en su propio ámbito.
Esta
disposición del alma frente al pensar es fundamental para
todo afán por el conocimiento de la humanidad. En determinados
estados del alma, puede estar algo aplacada pero, en el oscuro sentir
de las almas siempre es constatable. Aquellos pensadores, que dudan
de la validez y de la fuerza misma del pensar, se autoengañan,
con respecto a esta disposición fundamental de sus almas;
puesto que son sus agudezas intelectuales, algo sobreexigidas, las
que frecuentemente les ocasionan las dudas y los enigmas. No confiando
realmente en el pensar tampoco se verían atormentados por
estas dudas y enigmas que, tan solo, son el resultado del pensar.
Quien
desarrolla, dentro de sí mismo, este sentimiento señalado
con respecto al pensar no sólo tiene la sensación
de que forma, en sí, algo como una fuerza propia del alma
humana sino que, además, también forma algo que, con
total independencia de él y de su alma, contiene una entidad
universal. Una entidad universal a la cual él deberá
acceder trabajando con esfuerzo propio, si quiere vivir en esto
que tanto pertenece a él como, independientemente de él,
al universo.
Poder
entregarse a la vida del pensamiento tiene algo profundamente tranquilizante.
El alma siente que, en dicha vida, puede desprenderse de sí
misma. Sin embargo, ella necesita tanto de este sentimiento como
del opuesto; es decir, poder estar totalmente en sí misma.
Ambos sentimientos constituyen el sentimiento pendular necesario
para su vida sana. En el fondo, son la vigilia y el dormir las expresiones
extremas de esta oscilación pendular. En la vigilia, el alma
está consigo misma, en sí misma, vive su vida propia;
en cambio, en el dormir, ella se pierde en la vivencia general del
universo, está desprendida de sí misma. Estas elongaciones
del movimiento pendular del alma se manifiestan también en
varios otros estados de vivencia interiores. El vivir en pensamientos
es un desprenderse del alma de sí misma, así como
el sentir, la sensación, la vida afectiva son un estar consigo
en sí misma.
Contemplándolo
de este modo, el pensar ofrece al alma el consuelo necesario frente
al sentimiento de abandono por el mundo. Pues, se puede tener la
justificada sensación: ¿qué soy yo en el acontecer
general universal, que transcurre de infinito a infinito, con mi
sentir, mi desear y mi querer, que tan sólo tienen significación
para mí? Pero, desde el momento en que uno ha sentido la
vida en pensamientos, opondrá a esta sensación esta
otra: el pensar, que tiene que ver con este acontecer universal,
te acoge con tu alma; tú vives en este acontecer cuando das
lugar a que tu ser pensando fluya en ti. Pues entonces, uno puede
sentirse acogido por el universo, sentirse justificado en él.
Y, de esta disposición del alma, resulta para ella un fortalecimiento,
con una sensación de que esto le fuera proporcionado por
las propias potestades universales, según leyes sabias.
A
partir de esta sensación, el alma se hallará a un
paso de decirse: no sólo yo pienso sino que piensa, dentro
de mí, el devenir del mundo; el devenir del mundo se expresa
dentro de mí y mi alma, tan sólo, ofrece el escenario
en el cual el universo se despliega como pensamiento.
Esta
sensación puede ser rechazada por esta o aquella filosofía.
Aparentemente, pueden convencer con los más diversos argumentos
de que el recién expresado pensamiento del "pensarse
del universo en el alma humana" sea totalmente erróneo.
Frente a ello es necesario comprender que éste es un pensamiento
que se gana con el trabajo de la vida interior. Quien recién
lo ha ganado de este modo comprende plenamente su validez y sabe
que todas las "refutaciones" no pueden conmover su validez.
El que así se lo ha ganado ve, justamente, en él claramente
lo que valen en verdad tantas "refutaciones" y "pruebas".
Es que, frecuentemente, aparentan ser infalibles mientras se tenga
todavía una imagen errónea de la fuerza probatoria
de su contenido. Luego, es difícil llegar a un entendimiento
con quienes se manejan con semejantes "pruebas". Estos
necesariamente deben creer al otro en el error porque todavía
no han realizado en sí mismos el trabajo interior que para
este otro le valió el reconocimiento de aquello que les pareció
errado y hasta disparatado.
Para
aquel, quien quiera hallarse en la Ciencia Espiritual, le serán
de provecho meditaciones como la recién expuesta, con respecto
al pensar, pues se trata de conducir su alma hacia una disposición
que permita a la misma abrir el acceso al mundo espiritual. Sin
embargo, este acceso puede permanecer cerrado al pensar más
agudo, a la metodología científica más aguda,
si nada trae el alma al encuentro con los hechos espirituales o
con sus participaciones, que quieren penetrarla. Para la comprensión
del conocimiento espiritual, una buena preparación constituye
haber sentido con frecuencia el fortalecimiento que yace en la disposición
del alma: "Me siento pensando uno con la corriente del acontecer
universal." En esto importa poco el valor cognoscitivo abstracto
de este pensamiento sino que es mucho más importante la frecuente
sensación del efecto fortalecedor que se experimenta en el
alma cuando semejante pensamiento fluye con fuerza a través
de la vida interior, cuando el mismo se extiende, como aire vital
del espíritu, por toda la vida del alma. No se trata sólo
de conocer lo que se halla contenido en semejante pensamiento sino
de vivirlo. Se lo conoce por cuanto estuvo, una vez con suficiente
fuerza de convicción, presente en el alma; pero a los efectos
de obtener los frutos para el entendimiento del mundo espiritual,
de sus entidades y sus hechos, es necesario que, tras de entendido,
sea revivido reiteradamente por el alma. El alma ha de colmarse
totalmente de él, una y otra vez, de dar cabida únicamente
a él, excluyendo a todos los otros pensamientos, sensaciones,
recuerdos, etc. Semejante autoconcentración, reiterada en
un pensamiento totalmente compenetrado, concentra en el alma fuerzas
que, en la vida común, están como dispersadas; ella
las intensifica en sí misma. Estas fuerzas concentradas se
transforman en órganos de percepción para el mundo
espiritual y sus verdades.
En
lo señalado, precedentemente, puede apreciarse el correcto
procedimiento del meditar. Primeramente, se trabaja hasta la comprensión
de un pensamiento con los medios habituales a nuestro alcance de
la vida y del conocimiento corrientes. Luego, uno se sumerge, reiteradamente,
en este pensamiento, se hace uno totalmente con él. El fortalecimiento
del alma proviene de la convivencia con semejante pensamiento entendido.
Aquí se eligió, como ejemplo, un pensamiento tomado
de la naturaleza propia del pensar.
Fue
elegido como ejemplo porque, para el meditar, resulta particularmente
fructífero. Sin embargo, lo dicho aquí, referido a
la meditación, vale para cualquier pensamiento ganado del
modo descrito. Para el meditante, será particularmente fructífero
conocer la disposición del alma, que resulta del movimiento
pendular de la vida anímica, señalada más arriba.
De este modo, alcanzará, con la mayor seguridad, el sentimiento
de haberse sentido directamente tocado en su meditación por
el mundo espiritual.
Este
sentimiento es un resultado sano de la meditación, que debería
irradiar su fuerza por sobre el contenido de todo el resto de la
vida cotidiana despierta. Y no como si permanentemente hubiese ahí
algo como una impresión presente de la disposición
meditativa sino de modo que, toda vez, uno pueda decirse que fluye,
en toda la vida, un fortalecimiento debido a la experiencia, a la
vivencia meditativa. Si la disposición meditativa se extendiese
constantemente como una impresión presente, a través
de la vida cotidiana, ella derramaría sobre ésta algo
que perturba la naturalidad de esta vida y, en los momentos de meditación,
ella misma no podría ser lo suficientemente fuerte y pura.
La meditación da buenos frutos precisamente porque se autoeleva
con su disposición por sobre el resto de la vida. Y actuará
tanto mejor sobre esta vida cuanto más esté presente
la sensación del carácter especial y relevante de
la meditación.
Capítulo
Primero de "El umbral del mundo espiritual" (Die Schwelle
der geistingen Welt) de Rudolf Steiner - 1913 Bibliografía
N° 17 de Verlag der Rudolf Steiner Nachlassverwaltung, Dornach,
Suiza - 1956 Traducción tentativa de P.H.
Rudolf
Steiner |
|