¿POR QUÉ SE ENFERMAN LOS NIÑOS?

La enfermedad de un niño despierta, generalmente, un sentimiento de urgencia en cuanto a la necesidad de liberarlo de su sufrimiento. Los padres habitual-mente se preguntan, con temor o con angustia, ¿por qué pasa esto? El niño, lo diga o no lo diga, aún siendo muy pequeño, siempre se pregunta lo mismo.
La necesidad de encontrar una explicación y una respuesta acerca de las causas de la enfermedad, suele ser, en los padres, la parte más conciente de los interrogantes. Pero su-cede, además, que un niño enfermo siempre establece (y su familia también) algún tipo de relación entre sus síntomas, sus sentimientos, y las dificultades que han surgido, de un modo o de otro, precisamente en ese momento de su vida junto a las personas que comparten su mundo afectivo.
Las consecuencias psicológicas que una enfermedad física puede desencadenar en un niño (angustias, temores nocturnos, depresiones, etc.) son, hoy, ampliamente conocidas. No ocurre lo mismo, sin embargo, con los motivos afectivos profundos por los cuales se puede enfermar físicamente. Aunque es muy común que esos motivos se presenten fugaz-mente en la conciencia de quienes conocen bien la situación que el niño vive, suelen ser remplazados inmediatamente por argumentos "más razonables".

La idea de que la psicoterapia puede ayudar a resolver algunos trastornos que se presentan en la infancia (tales como fobias, obsesiones, robos, mentiras exageradas, dificultades de crecimiento o de aprendizaje, etc.) se ha ido introduciendo, cada vez más, en la mente de padres, médicos y educadores. No sólo el psicoanálisis o la psicología, sino también la pedagogía, la sociología, la literatura u otras formas del arte que impregnan la cultura de nuestra época, nos transmiten la idea de que se trata de síntomas que tienen significados ocultos, y que, una vez descubiertos, nos otorgan un camino para obtener el alivio o la desaparición del trastorno.
Cuando un niño miente, por ejemplo, puede estar expresando, con su construcción fantasiosa, el deseo inconsciente de transformar en placentero, algo que siente penoso en su vida, algo que no puede aceptar o tolerar. Cuando un niño roba puede estar expresando una necesidad de amor, insatisfecha, que él mismo ignora. La necesidad, por ejemplo, de que alguien se interese por él, que lo quiera con un intenso deseo y que lo "tome", así como él, en su conducta sintomática, se apodera con irresistible deseo de las cosas que sustrae.
Los trastornos de conducta suelen ser "soluciones" que el niño encuentra para poder expresar dificultades. Desde este punto de vista su comportamiento es una forma de "lenguaje", un intento de comunicación que sólo puede realizar de esa manera.
Pero el panorama actual, en ese campo, no sólo se limita a los trastornos de conducta. Los desarrollos de la medicina psicosomática, además de enriquecer, desde una nueva perspectiva, el campo médico y las vías de abordaje de las enfermedades de los adultos, amplían enormemente las posibilidades de la acción terapéutica en los niños.
Aunque son todavía muy pocos los que se atreven a pensar que estos fenómenos intervienen en todas las enfermedades, casi todo el mundo acepta, actualmente, que una enfermedad del cuerpo puede llegar a constituir un modo singular del len-guaje y de la comunicación. Un modo cuya singularidad consiste, precisamente, en que el enfermo mismo no tiene con-ciencia acerca de aquello que intenta comunicar.
La discusión actual, entre los especialistas en estas cuestiones, pasa por otro terreno.
Muchos, siguiendo una línea de pensamiento cuyo representante más conocido es el francés Pierre Marty2, piensan que la dificultad para expresar o comunicar concientemente los afectos conflictivos proviene de un déficit en la capacidad de "mentalizar" necesidades y excitaciones corporales inconscientes.
Otros, desarrollando ideas que se inician con Freud, Groddeck y Weizsaecker, sostenemos3 que tal "insuficiencia" es aparente y que constituye una "actitud" que adopta la conciencia frente a determinadas fantasías que no puede tolerar, fantasías que, aunque inconscientes, poseen un significado afectivo o "mental".
Esta segunda posición teórica nos permite comprender un hecho que la observación atenta corrobora una y otra vez: los distintos trastornos corporales corresponden a significados psicológicos inconscientes que son particulares de cada tras-torno.
Que un niño se resfríe, por ejemplo, no es lo mismo, en lo que respecta a los significados emotivos inconscientes de su trastorno, a que sufra una crisis asmática. (Tampoco es lo mismo, desde ese punto de vista, que padezca una psoriasis, una hepatitis, una leucemia, o cualquier otra enfermedad).
La fotografía de un niño resfriado se parece extraordinaria-mente a la fotografía de un niño que llora. La investigación psicosomática demuestra, concordantemente, que cuando un niño se resfría a menudo, es porque se encuentra embargado por sentimientos de tristeza que no puede tolerar y que, durante el resfrío, permanecen inconscientes.
En el asma, en cambio, los sentimientos comprometidos son otros. La tristeza se ha reprimido más profundamente; el llanto, para decirlo con una metáfora, "se ha metido en los pulmones" y se expresa como secreción bronquial. Pero, además, el niño asmático vive atrapado por una fantasía inconsciente que posee, para él, toda la fuerza de una realidad: está convencido, sin tener conciencia de ello, que alguna persona de su más íntimo entorno, sin la cual le parece que no podría vivir, lo amenaza con el abandono. Siente que de-pende de ella tan intensamente como dependemos, todos, del oxigeno que respiramos, pero al mismo tiempo experimenta, también de modo inconsciente, que el vínculo con ella con-tiene todos los peligros de un contacto hostil. Con el es-pasmo bronquial se aferra al aire que respira y no lo deja escapar, pero ese aire, viciado, que ya no le sirve, que impide la llegada del aire fresco y necesario, funciona como una presencia asfixiante que restablece el círculo vicioso.
Comprender las distintas enfermedades físicas de la infancia como la expresión de distintas fantasías que no son concientes, nos enfrenta con una realidad cuya importancia, en los últimos años, se nos ha revelado cada vez con mayor claridad. Dado que esas fantasías se desarrollan en el vínculo con las personas del entorno, la enfermedad del niño, funcionando como el fusible de un circuito eléctrico, constituye siempre el emergente de conflictos inconscientes que involucran a toda la familia.
Un niño, mucho antes de nacer, ya es hijo, nieto, sobrino o hermano. No sólo ocupa, desde entonces, un lugar en las fantasías inconscientes de ambos padres, sino también en una complejísima trama de emociones inconscientes en la cual participa, en mayor o menor grado, toda la familia. La observación y el estudio de la conducta en los recién nacidos, de-mostraron que poseen una riquísima vida emocional, y que todo niño, aún siendo muy pequeño, no sólo recibe la in-fluencia de las fantasías inconscientes de las personas que lo rodean, sino que reactúa sobre ellas mediante un tipo de "diálogo" cuyas "palabras" se construyen con las funciones del cuerpo.
Notas
1 El contenido del presente apartado corresponde a un trabajo que publicamos en el diario La Nación de Buenos aires, el 8 de Abril de 1992.
2 Marty, P.; M'Uzan, M.; David, C. (1967), La investigación psicoso-mática, Luis Miracle, Barcelona.
3 Luis Chiozza (1997a [1986]), ¿Por qué enfermamos?, Alianza Editorial, Buenos Aires

Dr. L. Chiozza, S. O. de Aizenberg
www.fundchiozza.com


 
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