Clonación y Humanismo
Respondiendo al oscurantismo


El oscurantismo rodea al tema de la clonación, ARGENPRESS.info, tiene el honor de publicar la primera parte del texto de la conferencia que el profesor Jorge Bosch, eminente científico argentino, pronunció el 11 de agosto de 1998, en el salón 'Manuel Belgrano' del Senado de la Nación y que fuera organizada por el Centro de Estudios y Capacitación de la BCN. Bosch es rector de la Universidad Centro de Altos Estudios en Ciencias Exactas (CAECE). El catedrático Bosch trata uno de los temas más importantes de la ingeniería genética y lo hace de manera polémica y erudita. La segunda y última parte se publicará en próxima edición.

A partir de algunos espectaculares logros recientes de las técnicas biológicas, se ha llamado clonación al proceso consistente en la obtención de un ejemplar de un ser vivo genéticamente equivalente a otro, mediante la manipulación del núcleo de una célula de éste, y se suele decir que el primero es un clon del segundo. Curiosamente, se usa la misma palabra en informática con un significado vagamente parecido: en este campo un clon es una computadora fabricada con elementos de otros equipos, ensamblados, imitando la estructura de las computadoras originales de una determinada marca. Pero el significado inicial de la palabra clon en Biología fue distinto, aunque emparentado con el actual. En efecto, en los comienzos de la ingeniería genética se llamó clon a una población de bacterias genéticamente idénticas, obtenidas por división celular natural a partir de un solo ejemplar. Luego, por extensión, también se llamó clon a todo conjunto numeroso de ciertos componentes genéticos químicamente equivalentes. De modo que, según esta terminología, el clon es el conjunto total, no cada uno de sus integrantes; por otra parte, se necesitaba que ese clon fuera muy numeroso para poder repetir un gran número de veces la misma técnica con bacterias prácticamente idénticas o con fragmentos genéticos equivalentes entre sí.

Hecha esta aclaración, repasemos, muy brevemente y en términos sencillos, los conceptos básicos de Biología y de Bioteriología necesarios para comprender con certeza el fenómeno que actualmente se denomina clonación.

Empecemos por recordar que en una célula animal o vegetal hay una parte central llamada núcleo y que en este núcleo se encuentran unos cuerpos filamentosos, alargados como bastoncillos, denominados cromosomas. Salvo en algunos seres unicelulares y en las células sexuales de los organismos superiores, estos cromosomas aparecen reunidos en pares. El número de pares es invariable en cada especie animal o vegetal. Por ej. en la especie humana cada una de las células de un individuo posee veintitrés pares de cromosomas, es decir cuarenta y seis cromosomas, salvo en el caso de las células sexuales, que poseen sólo un cromosoma de cada par, o sea sólo veintitrés en total. Pero en realidad las células sexuales (espermatozoides y óvulos en los animales superiores) pueden no ser consideradas como partes del organismo sino como productos circunstanciales. La bacteria Escherichia coli, que habita en el intestino humano y de otros mamíferos, y que es objeto de intensa experimentación debido a su simplicidad y a su capacidad de reproducirse rápidamente, posee un solo cromosoma. Ciertos fragmentos minúsculos de los cromosomas se denominan genes, cada uno de los cuales tiene la propiedad de determinar un carácter del organismo: color de ojos, estatura, producción de insulina, ciertas enfermedades, etcétera.

La forma en que los genes llegan a expresar concretamente la correspondiente
característica es compleja y se puede describir como un proceso en el que intervienen los llamados ácidos nucleicos, los aminoácidos y las proteínas.

En particular, los cromosomas (y en consecuencia los genes) están constituidos por largas cadenas de ácido desoxirribonucleico o ADN (DNA en inglés). Desde los años 40 de nuestro siglo se han investigado intensamente la estructura del ADN y el mecanismo de transmisión genética.

Como se trata de uno de los procesos científicos más importantes y asombrosos de la historia, vale la pena señalar algunos de sus hitos más notorios. Se empezó por descubrir que todas las moléculas de ADN están formadas por cuatro compuestos químicos llamados 'nucleótidos', que llevan por nombres Citosina, Guanina, Adenina y Tinina, designados simbólicamente por sus iniciales: C, G, A, T. Este mininialfabeto es muy fácil de recordar para nosotros, los argentinos, gracias a una regla mnemotécnica que conocen muy bien los estudiantes de biología y de medicina: está compuesto por las iniciales de Carlos Gardel y Aníbal Troilo. Pero esta regla mnemotécnica codifica también el segundo gran descubrimiento de esta historia, realizado durante la mencionada década de los 40 por el químico de la Universidad de Columbia Erwin Chargaff, a saber: cualquiera que sea el fragmento de ADN que se analice, proveniente de cualquier célula animal o vegetal, aparecen tantas C como G y tantas A como T, o sea que Carlos Gardel aparece siempre en bloque y otro tanto acontece con Aníbal Troilo. Esta constancia numérica llamó poderosamente la atención e incentivó las investigaciones. Poco tiempo después Rosalind Franklin, de la Universidad de Londres, descubrió, mediante fotografías de cristales de ADN realizadas con rayos X, que estas moléculas formadas por sucesiones de nucleótidos, no tienen forma rectilínea sino que se disponen como una hélice. En 1953 dos jóvenes científicos de la Universidad de Cambridge, Inglaterra, James Watson y Francis Crick -que no eran biólogos sino que trabajaban en el Departamento de física- llevaron a cabo un descubrimiento fundamental que, en cierta manera, explicaba 1a
igualdad numérica entre C y G por una parte y entre A y T por otra, puesta en evidencia por Erwin Chargaff, y que al mismo tiempo corroboraba el descubrimiento de Rosalind Franklin. En efecto: Watson y Crick, que recibieron el premio Nobel por este trabajo, establecieron que cada molécula de ADN está formada por una hélice compuesta por dos hileras o cadenas de nucleóticios enfrentadas; pero este apareamiento de las dos hileras tiene la siguiente particularidad: cada C de una hilera se enfrenta a una G de la otra, y cada A de una hilera se enfrenta a una T de la otra. Por ejemplo, si en un fragmento de ADN figura en una de las hileras la sucesión ACCTGTT, en 1a hilera enfrentada con ella aparece necesariamente la sucesión TGGACAA. O sea que la disposición es la siguiente:
ACCTGTT TGGACAA lo cual explica que en total haya tantas C como G (Carlos Gardel) y tantas A como T (Aníbal Troilo). Por otra parte, ya se sabía que así como todo el ADN de cualquier organismo vivo está compuesto por estos cuatro bloques C, G, A,, dispuestos en dos sucesiones en hélice, también todas las proteínas de todos los organismos vivos están constituidas por veinte compuestos químicos llamados aminoácidos.

Pero se descubrió luego que ciertas ternas ordenadas de nucleótidos, por ejemplo GCA, corresponden a un determinado aminoácido, en este caso el Alanyl. Luego, cierta sucesión de ternas ordenadas de nucleótidos corresponde a una sucesión de aminoácidos y, finalmente, ciertas sucesiones de aminoácidos corresponden a determinadas proteínas. En forma breve, aunque no del todo precisa, se puede decir que las ternas de nucleótidos determinan los aminoácidos, las sucesiones de aminoácidos
determinan las proteínas y las proteínas componen todo lo demás. Esto último es aproximadamente cierto porque las proteínas, junto con el agua y algunos metales, componen la parte básica de todos los organismos. El mecanismo que vincula a las ternas de nucleótidos con los aminoácidos que componen las proteínas se llama código genético. Este código, que consiste esencialmente en determinadas relaciones entre cuatro nucleótidos y veinte aminoácidos, constituye el esquema fundamental de los seres vivos y de la herencia, y rige igualmente para cada uno de los millones de especies biológicas que pueblan la Tierra. Pero esto no quiere decir que esté resuelto en forma
completa el problema de ]a herencia o, más propiamente hablando, el de la determinación genética de los caracteres.

La ingeniería genética

Ante este panorama era evidente que, una vez descubierto el código genético obtenida una impresionante acumulación de conocimientos sobre los mecanismos de la vida y de la herencia, los científicos no resistirían a la tentación de intervenir en esos complejos mecanismos. Así fue, en efecto. La siguiente fecha de gran importancia en este proceso es la de 1973, exactamente veinte años más tarde que el descubrimiento de la doble hélice por Watson y Crick. El año 1973 puede ser considerado como el del nacimiento de la ingeniería genética, pues en esa fecha se publicaron los trabajos de Stanley Cohen y
Annie Chang por una parte, y de Herbert Boyer y Robert Helling por otra; entre los cuatro inventaron el método consistente en cortar cadenas de ADN, clonarlas (es decir, obtener una gran cantidad de copias idénticas) y luego empalmarlas, con lo cual quedó establecido el sistema de recombinación de genes, que abría la posibilidad de alterar el patrimonio genético de un individuo y de combinar genes de distintas especies, lo cual es imposible por la vía natural, salvo en algunos casos excepcionales en los que se obtiene un híbrido: por ejemplo la mula, a partir de ejemplares de caballo y de burro.

Es importante destacar que la aparición de la ingeniería genética provocó una conmoción mundial, tanto en los ambientes científicos como en los políticos, en los económicos y en el gran público. Se inauguraba una nueva era desde el punto de vista del dominio humano de la naturaleza y también una nueva y asombrosa posibilidad desde el punto de vista económico.

Desde luego, esta combinación de alta tecnología biológica con grandes negocios planteó de inmediato serios problemas éticos e interrogantes políticos, incluidos los de política científica. Hubo reuniones locales en diversos países e internacionales, pero es muy importante destechar que fueron los propios científicos los que se autocontrolaron, a la vez, con energía y prudencia. Energía, porque plantearon con toda crudeza los peligros latentes en la nueva tecnología; prudencia, porque pusieron el mayor cuidado en que los temores y prejuicios no crearan obstáculos a la investigación científica, como había sucedido tantas veces en la historia. EN 1974, inmediatamente después del gran hallazgo de 1973, la comunidad científica mundial, incluida la da la Unión Soviética, aceptó una moratoria propuesta por un grupo de científicos norteamericanos, consistente en un
compromiso de no realizar cierto tipo muy preciso de experimentos de ingeniería genética hasta que se realizó efectivamente en febrero de 1975. También intervino una entidad gubernamental de los Estados Unidos, The National Institute of Health (NIH), cuyas recomendaciones coincidieron esencialmente con las elaboradas por los propios científicos. El debate siguió y poco a poco fue decreciendo: los discutió apasionadamente y respetó hasta el día de hoy, veinticinco años después de la invención de la
ingeniería genética, no sólo las reglas taxativamente estipuladas sino también las normas implícitas relativas a la creación de monstruosidades y a toda experiencia que constituyera un riesgo cierto para la salud o la seguridad de los seres humanos. Se llegó a hablar, por ejemplo, de la posibilidad de fabricar una criatura intermedia entre el hombre y el mono, que tendría la ventaja de servir de mano de obra barata, más inteligente y
eficaz que el mono pero no tan inteligente como para percibir su condición social como una esclavitud: algo así como el caballo que tira de un carro, que no se siente explotado y no organiza sindicatos.

Se llegó a hablar, pero nadie lo intentó. Monstruosidades peores aun eran y son posibles, pero nadie las intenta. Esta lección de la historia reciente de la ingeniería genética debe servirnos como ejemplo para abordar los problemas actuales y en especial el de la clonación.

Deseo señalar que en esta relativamente breve historia de cincuenta años han tenido una importante participación las mujeres, lo que es sin duda una señal de progreso de la civilización. He mencionado a sólo dos de ellas, Rosalind Frenklin y Anni Chang, pero son muchas (y cada vez más) las que se destacan en este campo científico, y no sólo en él.

Por: Jorge Bosch (Fecha publicación:14/02/2003)


Jorge Garaventa
JorgeGaraventa@Hotmail.com

 

 
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