| |
Un abordaje clínico en
la perspectiva de la psicología social de Enrique Pichon-Rivieri
Los ataques de pánico en el marco de la crisis social Una investigación
basada en la teoría fundada por Enrique Pichon-Rivière
procura relacionar la
frecuencia de los ataques de pánico con la situación de
"emergencia social"
que se viene agudizando; además, precisa la definición
de estas crisis
personales.
Nuestra
experiencia personal y clínica nos ha enfrentado a la necesidad
de dar respuestas a las llamadas "nuevas patologías"
o "nuevas formas de expresión de viejas patologías"
que se han incrementado en los últimos años y que con
alta frecuencia se presentan en nuestros consultorios. En particular
nos hemos detenido en el llamado "ataque de pánico con o
sin
agorafobia". Consideramos que el efecto de la crisis contextual
ocupa en él un lugar de privilegio. Es una constante encontrar
en la bibliografía sobre el tema la incidencia que el factor
ambiental juega en la aparición de las crisis, si bien esa incidencia
es en general planteada como elemento externo al sujeto. Desde nuestra
perspectiva -a partir de los desarrollos de Enrique
Pichon-Rivière y los aportes de Ana P. de Quiroga-, el factor
social es determinante en la configuración de la subjetividad.
Como dijo Pichon-Rivière, "lo que está detrás
de toda conducta enferma es también un conflicto social. El principal
factor morbígeno es el social".
Ese "enfermo", ese "ser que sufre", es portavoz,
denuncia y porta, en forma particular, según el recorrido de
su propia historia vital y vincular, algún o algunos aspectos
de los conflictos sociales de su época. Tomando sintéticamente
algunos conceptos trabajados por Ana P. de Quiroga,
observemos que durante esta última década hemos asistido
a la gestación del llamado "nuevo orden mundial", la
expansión universal del modelo capitalista hegemonizado por Estados
Unidos. Acompañando a éste, se desarrolla el discurso
de la "globalización", apuntando a la supuesta desaparición
de diferencias y fronteras, instalando un ilusorio "único
mundo posible" y la "culminación de la evolución
ideológica del hombre". Estos cambios han gestado movimientos
de dispersión social y procesos de fragilización y fragmentación
subjetiva y vincular, dando lugar a numerosos síntomas patógenos
y a procesos de intenso sufrimiento psíquico.
Quiroga ha observado que la agudización de la crisis nos ha expuesto
a quiebres y discontinuidades que implican una ruptura de nuestra cotidianidad,
generando intensas vivencias de confusión, incertidumbre y ambigüedad.
Y que esta crisis adquiere la calidad de emergencia social. Es una situación
límite, tiene un aspecto de peligrosidad en términos de
desintegración. Está afectado el proyecto, tanto en su
dimensión individual como colectiva, y puede darse una pérdida
del sentido, de la visión del futuro.
La OMS, en 1997, planteó que estamos ante una verdadera catástrofe
epidemiológica, en la que los desórdenes mentales representan
el 12 por ciento de las causas de enfermedad en todo el mundo.
El trastorno de pánico es una categoría diagnóstica
relativamente reciente, fue incluido formalmente en el DSM III, dispuesto
por la American Psychiatric Association, en 1980 y retomado en el DSM
IV en 1994. En 1992 la OMS incluyó este cuadro en su versión
española denominada CIE-10 (Clasificación Internacional
de Enfermedades, décima versión).
El Breviario del Manual Diagnóstico y Estadístico de los
Trastornos Mentales de 1994 define la crisis o ataque de pánico
de la siguiente manera:
"Comprende la aparición temporal y aislada de miedo o de
malestar intenso acompañada de cuatro o más de los siguientes
síntomas, que se inician bruscamente y alcanzan su máxima
expresión dentro de los primeros diez minutos. Los síntomas
ordenados según la frecuencia estadística de aparición
de mayor a menor son los siguientes: miedo intenso o pánico,
taquicardia, sudoración, temblores o sacudidas, sensación
de ahogo, sensación de
atragantamiento, opresión o malestar torácico, náuseas
o molestias abdominales, inestabilidad, mareo o sensación de
desmayo, desrealización o despersonalización, miedo a
volverse loco o descontrolarse, miedo a morir, parestesias (hormigueos
o entumecimiento), escalofríos o sofocaciones".
"Para que exista un Trastorno de Pánico es necesaria la
presencia de ataques de pánico recurrentes e inesperados y que
al menos una de las crisis haya sido seguida, durante un mes o más,
de uno o más, de los siguientes síntomas: inquietud persistente
ante la posibilidad de tener más crisis, preocupación
por las consecuencias o implicancias de la crisis, cambio
significativo del comportamiento relacionado con las crisis."
Según el psicólogo estadounidense David Barlow, la agorafobia
("temor a los espacios abiertos") está presente en
un 95 por ciento de los trastornos de pánico diagnosticados.
La escuela de Estados Unidos, liderada por Donald Klein, afirma que
la agorafobia es siempre secundaria al ataque de pánico, produciéndose
una evitación progresiva que es condicionada por el estímulo
aversivo generado por la crisis de pánico. Hoy se la define como
el miedo a
encontrarse en lugares o situaciones en los cuales no esté disponible
una ayuda, en el supuesto de tener un ataque o en las circunstancias
en que el escape resulte dificultoso, debido a restricciones físicas
o sociales.
Las crisis de pánico pueden ser:
- completas o típicas (si presentan cuatro o más síntomas);
- incompletas o de síntomas limitados (con menos de cuatro síntomas).
Las circunstancias determinantes de su aparición se dividen en:
- Inesperadas o espontáneas: son aquellas en las que no puede
detectarse un factor causal y ocurren típicamente el comienzo
del trastorno de pánico; pueden repetirse en cualquier momento
de la enfermedad.
- Situacionales: se desencadenan por la exposición a un estímulo
atemorizante y aun por la anticipación del mismo. Además
de ocurrir en el trastorno de pánico con o sin agorafobia, pueden
darse en la fobia social y en el trastorno de estrés postraumático.
- Más o menos relacionadas con situaciones determinadas: ocurre
a veces al exponer a la persona a estímulos potencialmente fobígenos
(generadores de temor fóbico).
La edad típica de comienzo es entre los 25 y 30 años,
o en la adolescencia tardía, una época que en nuestra
cultura implica la transición, separación e independización
y en la cual se tienen que asumir las responsabilidades de un adulto.
Existen manifestaciones precoces como el llamado trastorno de ansiedad
por separación infantil, que son frecuentes entre los antecedentes
de los afectados.
Las tasas de prevalencia son mayores en las mujeres -tres de cada cuatro
afectados son mujeres- así como en las personas separadas o divorciadas
y en quienes han sufrido un distrés significativo como los vinculados
con muertes cercanas, desarraigos, mudanzas, migraciones, abortos o
partos recientes.
En el artículo "Inundados: las reacciones psicológicas
ante el desastre" (en Psicología de la vida cotidiana, por
Enrique Pichon-Rivière y Ana Pampliega de Quiroga) se plantea
que el pánico es el emergente más significativo de una
situación catastrófica. Si bien nuestra situación
social no puede ser caracterizada en esos términos, entendemos
que algunos de los rasgos que la
definen como emergencia social están en el origen de la frecuencia
con que este síndrome se presenta.
En aquel artículo, el pánico es definido como un conjunto
integrado por temor, alarma, perplejidad, pérdida de control
y de orientación, y va acompañado de los más variados
síntomas psicosomáticos, que son el producto de la derivación
al área del cuerpo de los miedos provenientes de la mente o de
los peligros exteriores. Impide toda planificación adecuada y
operativa.
Esta tensión o estrés repercute sobre los sistemas defensivos
orgánicos (homeostasis) y acarrea una disminución, a veces
considerable, de todas las defensas orgánicas bajando el umbral
de resistencia a las enfermedades. Se establecen vivencias de inseguridad,
incertidumbre, descontrol y fantasías de destrucción que
van más allá del peligro concreto. Ante la ansiedad que
provoca la situación peligrosa, el mecanismo de defensa es la
negación.
En los pacientes con pánico, el mecanismo de negación
se hace evidente en la irrupción masiva y abrupta de la sintomatología
sin conciencia de la problemática psíquica, y hay señales
previas que aparecen en las tres áreas de representación
y expresión de la conducta (mente-cuerpo-mundo externo).
A través de mecanismos de proyección, se produce un desplazamiento
del peligro al área del cuerpo.
En el fragmento de una clase dictada por Enrique Pichon-Rivière
el 2 de agosto de 1968 (publicada en esta sección de Página/12
el 28 de setiembre de 2001), se plantea que el pánico puede ser
definido por la presencia simultánea del miedo a la pérdida
y el miedo al ataque, con una intensidad tal que paralizan con desorientación
total o fuga.
Familia pánica
La familia desempeña un papel muy importante en la configuración
de los elementos disposicionales, ya que es allí, en ese contexto
vincular primario socialmente determinado y significado, donde se realizan
los primeros y más vitales aprendizajes.
Con frecuencia los sujetos que padecen este tipo de trastorno pertenecen
a familias con rasgos de sobreadaptación y rigidez, que depositan
en sus hijos expectativas de éxito, que esperan que los mismos
superen sus capacidades, depositando en ellos su propio ideal de perfección,
poniendo en juego mecanismos de desvalorización, con críticas
excesivas y amenazas (explícitas o implícitas) de abandono.
"Para el trabajo no hay horario, hay que estar siempre en actividad,
hay que sacrificar todo"; "Por qué conformarse con
6 o 7 si podés sacarte 8, 9 o 10"; "Las cosas hay que
hacerlas siempre bien, o no hacerlas".
Estas familias ponen asimismo en juego mecanismos de sobreprotección,
generando dificultades para asumir los riesgos propios de la vida. "Mamá
empezó a trabajar: nos cuidaba una chica joven y una vez nos
llevó a la iglesia y había un 'croto'; mi hermana y yo
nos asustamos y entonces mi mamá dejó de trabajar."
Suelen no estar afectivamente disponibles, sin poder desplegar la función
de sostén y contingencia necesaria para el desarrollo adecuado
del psiquismo.
Ponen en juego mecanismos de supresión o negación de sentimientos,
tanto propios como del niño. "No puedo entender cómo
estás cansado, si no hiciste nada"; "De lo que se siente
no se habla"; "Cuando me dan ganas de llorar, me contengo,
y siento angustia y opresión en el pecho".
No permiten la construcción de una identidad propia. "Tengo
que arreglarme más, ser más femenina para vestirme, así
me dice mi mamá"; "Necesitaba una campera, me tenía
que comprar la que quería mi papá".
Viven en un clima de tensión y también de violencia. "Cuando
era chica gritaban mucho, me daba tanto miedo que me encerraba en la
pieza, no quería escuchar; papá ha roto platos, vasos,
la estufa..."; "En un momento mamá se quiso ahorcar".
Entre los antecedentes familiares, es frecuente encontrar en los padres
trastornos de ansiedad y fobias. "Todos padecemos de miedos; uno:
en la oscuridad pierdo el equilibrio y me ahogo; otro: no puedo usar
los ascensores porque me descompongo; otro: sufro de vértigo,
o miedo a las
alturas".
Lic. María Dolores Galiñanes y Lic. Marta Hernández
Extractado del trabajo "Abordaje clínico del trastorno de
pánico desde la
psicología social pichoniana", publicado en la revista Temas
de Psicología
Social, diciembre de 2002.
Jorge Garaventa
JorgeGaraventa@Hotmail.com
Extraido de Página 12 el 30-1-03
|